La Bella y la Bestia (2017)

Título original: Beauty and the Beast.

Año: 2017.

Nacionalidad: Estados Unidos.

Director: Bill Condon.

Reparto: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Kevin Kline, Emma Thompson, Josh Gad, Ewan McGregor, Ian McKellen.

Reseña y críticas.

Tráiler en español.

Actualmente en cines.

“Piensa en aquello que siempre has deseado. Obsérvalo con el ojo de tu mente, y lo sentirás en tu corazón”

Bestia (Dan Stevens)

 

Todos somos Walt Disney. Eso es así, incontestable y fácilmente demostrable. ¿Acaso miento o me equivoco? A ver, seamos honestos: en cada uno de nosotros hay un pedacito de la productora más representativa del Hollywood infantil. Si no, que alguien me explique cómo, tras casi 29 veranos dando guerra en este mundo, aún no he conocido a nadie que no haya visto, al menos, una de las películas producidas por esa genuina “factoría de sueños”, verdadero mastodonte del cine y de la economía, que, con 94 años de vida a su espalda, ha regalado, y todavía regala, historias, sueños e ilusiones y millones de niños y no tan niños en todo el Orbe. ¿Quién no ha llorado hasta la deshidratación con Bambi, ha aprendido las bondades de la fruta y de los derechos laborales gracias a Blancanieves y los siete enanitos, o ha deseado que su destartalado coche se convirtiese en algo parecido a la majestuosa carroza de Cenicienta? Pero no sólo los clásicos de ayer han hecho mella; títulos más recientes, como El Rey León, Tarzán, Hércules o Frozen también han pegado fuerte en el imaginario popular, por no hablar de la incursión de Disney en el terreno de la animación digital, con Toy Story y sus secuelas a la cabeza, o de su entrada en el campo del cine convencional, con la saga Piratas del Caribe como modelo archiconocido.

En resumidas cuentas, las criaturas de Disney, aun con altibajos en según qué épocas, han condicionado nuestro desarrollo como personas, han creado tipos y modelos de conducta desde hace décadas, y todavía hoy la mayoría de sus argumentos siguen siendo extrapolables a la realidad presente, encontrando en ellos mensajes de lo más útiles para, dicho de forma romántica, hacer de nuestro mundo un lugar mejor. Y qué mejor ejemplo de ello que la inmortal La Bella y la Bestia, dirigida en 1991 por Kirk Wise y Gary Trousdale, y ganadora de un abanico de premios impresionante, dos Oscar de seis nominaciones inclusive. Porque, además de ser el amor hecho cine por antonomasia – hay quienes la consideran la equivalente animada de Romeo y Julieta –, es una lección magistral de cómo, antes de juzgar a alguien por su apariencia, conviene adentrarse en su ser, conocer el fondo siempre rico de dicha persona y, si la experiencia no es terrible, abrirle las puertas de la integración. Una cinta clásica por derecho propio, fresca por su eternidad, y que hoy, un cuarto de siglo largo después de su estreno, sigue haciendo las delicias de pequeños y mayores. Todo un compendio de virtudes, como se ve, que, sin embargo, lleva a plantearse una incómoda pregunta: ¿qué necesidad ha tenido Disney de filmar un remake de semejante referente? Porque esa es la duda que sobreviene tras ver la revisión, con actores de carne y hueso y un abrumador despliegue de efectos especiales, que ha firmado Bill Condon, y que se estrenó en las salas el pasado 17 de marzo.

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De sobra es sabido que, junto con su leitmotiv de dar a luz creaciones genuinas y exclusivas, The Walt Disney Company lleva ya años embarcada en el suculento barco de las actualizaciones de títulos clásicos. Ya se deba a una falta de imaginación por parte de los guionistas, o a un deseo desmesurado de lanzar películas y más películas que multipliquen los pingües beneficios de la productora, lo cierto es que esa tónica ha dado como resultado algunos trabajos verdaderamente notables, como Alicia en el país de las maravillas o Peter y el dragón. Sin embargo, también han abundado las meteduras de pata; ahí están El aprendiz de brujo, burda copia de Fantasía, o Cenicienta para dejar constancia de ello. El film de Condon no merece ser ubicado en un extremo tan lúgubre, es cierto, pero tampoco es una creación que destaque en absoluto. Es, sin más, una película entretenida, emotiva a ratos – pocos –, útil como divertimento inocente y tímida lección de feminismo, pero nada innovadora, plana en su desarrollo y, por encima de todo, profundamente inútil.

Del romance de la candorosa Bella y de la enternecedora en su ferocidad Bestia poco es lo que hay que añadir, pues de sobra es conocido: la inocente y virginal jovencita cae en manos del monstruo para salvar la vida de su padre, y queda recluida en su tenebroso castillo, animado por la presencia de un mobiliario y de un equipo de menaje del hogar más vivaracho de lo que cabría esperar. No obstante, la aversión inicial de Bella se trocará en cariño por Bestia al descubrir su lado bondadoso y tierno, pues el ser no es sino un príncipe víctima, como todo su servicio, de un cruel hechizo. Sólo el amor sincero podrá romper el encantamiento, aunque el principal pretendiente de Bella, el vanidoso y cruel Gastón, hará lo imposible por impedir que esos sentimientos fragüen.

Con esa materia prima sobre la mesa, Condon se ha limitado a tomar cada línea de guión y cada plano de la versión animada del 91, y a hacerles un lavado de cara, reemplazando los dibujos animados – uno de los mayores méritos de la cinta original – por actores humanos, y haciendo algún que otro pequeño retoque a la historia genuina. E innegable es que suscita curiosidad ver el traslado del original a un mundo de carne, hueso… Y CGI. Porque lo cierto es que los efectos especiales, responsables de la impresionante puesta en escena del conjunto, dificultan evaluar la calidad interpretativa de la mayoría de los actores, pues son muchos los que actúan “maquillados” con capas y capas de animación digital. Así, talentos internacionales de la talla de Ewan McGregor o Ian McKellen sólo aportan voces y movimientos, respectivamente, a Lumière, valet real y candelabro de Bestia, y a Din Don, su mayordomo, convertido, por efecto del hechizo, en un reloj de chimenea. Sus intervenciones aportan un componente trágico y, a la vez, cómico, pues su felicidad, condicionada por la maldición, va a caballo del provenir de Bestia, pero capaces son de encarar su desgracia con humor, compañerismo y esperanza.

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De los personajes que sí muestran su cuerpo en pantalla, Emma Watson es, lógicamente, la figura más refulgente, y no sólo por la proyección internacional de la intérprete británica, que por fin ha podido desprenderse del estigma de la saga Harry Potter, a la que debe su fama, sino también por su innegable calidad como actriz. Lejos han quedado ya sus papeles por y para adolescentes; en esta cinta, Watson demuestra una vez más que, sin llegar a ser todavía una de las mejores profesionales de su franja de edad en el gremio, sí que dispone de recursos expresivos y verbales suficientes como para hacerse un hueco en ese panteón a no mucho tardar. Capaz de transmitir tanto candor y desamparo como valor y decisión, el suyo es un trabajo equilibrado, solvente en cada situación y que, a la postre, deja un buen sabor de boca en el espectador.

Desgraciadamente, no se puede decir lo mismo de su compañero de reparto Dan Stevens, cuyo atavío digital como Bestia no camufla una carencia de tablas que, en ocasiones, amenaza con poner en peligro la emotividad de algunas de las escenas cumbre del film. Poco expresivo, plano y, sobre todo, escasamente sorprendente en el momento del regreso a su forma humana, el Matthew Crawley de Downton Abbey no hace gala del encanto para con la cámara que sí revela en dicha serie. Por fortuna, la otra referencia masculina de la película, el despreciable Gastón, logra compensar la balanza; Luke Evans ofrece un personaje carismático, a la par que repelente, bien construido y por el que es imposible no sentir una pizca de afecto.

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Quizá el aporte más valioso de La Bella y la Bestia sean los mensajes subyacentes, comenzando por el primigenio que predica la tolerancia y el espíritu integrador. A ésa idea fuerza se ha sumado otra, más tenue en la primera película, que aquí, sin embargo, se desarrolla hasta cobrar una importancia capital, en consonancia con la corriente de pensamiento feminista que cobra fuerza día a día: la de que la mujer es libre de tomar sus propias decisiones, de aceptar o no el afecto de quien le plazca, de defenderse a sí misma y a los suyos sin necesidad de aguerridos paladines que la escolten y, en esencia, de tomar las riendas de su propia existencia de forma autónoma e independiente, por encima de prejuicios, convenciones sociales y machismos obtusos.

La propia Emma Watson puso la guinda a ese pastel ético cuando, durante el rodaje, se negó rotundamente a usar corsé para realzar su busto, alegando que no deseaba que su Bella continuase ciñéndose a los ideales de belleza femeninos impuestos por nuestro tiempo. Una decisión que no dejó de traer cola, aunque no tan polémica como la de la inclusión en la obra del primer personaje abiertamente homosexual presente en una película de Disney: Le Fou, mano derecha de Gastón, en el que se enfunda un histriónico Josh Gad, con preferencia por los de su mismo sexo. Y esta orientación sexual, que debería haber sido tomada como algo normal y perfectamente natural, ha desatado un debate casi tan virulento como el éxito del film en las taquillas mundiales, entre quienes aplauden la osadía de haber convertido a Le Fou en un icono gay y quienes, por el contrario, consideran inmoral su existencia – Rusia llegó a plantearse censurarla, y en Malasia se ha exigido “mitigar” su contenido homosexual –.

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Desde luego, es posible sacar defectos a esta criatura de la cadena de montaje Disney, aunque, en bloque, el resultado permite disfrutar de un agradable rato en el cine para, una vez abandonada la sala, olvidar lo visto. Un producto pensado para arrasar en lo económico, sorprendente por la herencia de la que proviene y por lo espectacular de sus efectos, aunque escaso de alma, falto de emoción y, sobre todo, privado de imaginación. Un defecto este último difícil de disculpar en cualquier película, pero imperdonable en una que sigue la estela de toda una leyenda de la historia del cine.

 

2 comentarios sobre “La Bella y la Bestia (2017)

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  1. ¡Al final me voy a alegrar de no haberla visto aún! No me llamaba (ni me llama) demasiado esta versión, la verdad. Igual para un día que llueva 😉

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  2. Precisamente la vi el pasado fin de semana. Película sin nada que aportar, como bien dices. Almibarada hasta un extremo tal que ni como entretenimiento infantil añade interés, el dia anterior sin ir más lejos vi Kubo y las dos cuerdas mágicas (haré una reseña en el futuro) y… en fin, las comparaciones son odiosas.

    Personalmente, lo único salvable de la película es Luke Evans, que lo clava como antagonista. Ni la tan en boga Emma Watson fue capaz de transmitirme nada, al contrario, me resultó cargante de tan ñoña.

    Aparte, tampoco me gusta el mensaje que transmite. Queda muy bonito lo de apreciar a las personas más allá de su apariencia -totalmente encomiable, cierto es-, pero lo que subyace en el fondo es lo mismo de siempre con Disney: patrones sociales y roles de género arcaicos y rancios a más no poder. De hecho me sorprendió que la Watson, tan implicada en la lucha feminista, aceptase este papel.

    En fin, totalmente prescindible

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