Marea roja

Título original: Crimson Tide.

Año: 1995.

País: Estados Unidos.

Dirección: Tony Scott.

Reparto: Denzel Washington, Gene Hackman, Viggo Mortensen, George Dzundza, James Gandolfini, Lillo Brancatto, Matt Craven, Rocky Carroll, Ryan Philippe.

Reseña y críticas.

Tráiler en inglés.

Adquisición online.

“Luchamos para defender la democracia, no para practicarla”

Comandante Frank Ramsey

Ah, el mundo militar… Para quienes no forman parte de él, o no lo conocen en profundidad, ese colectivo tradicionalmente asociado con los tonos verdes y marrones suele ser fuente tanto de fascinación como de temor, a partes más o menos iguales. Visto desde el prisma los pacíficos valores civiles, hay algo intimidatorio y, a la par, excitante en el concepto de un grupo de hombres y mujeres armados, sometidos a una disciplina férrea, obligados al cumplimiento estricto de las órdenes recibidas por sus superiores y comprometidos con un oficio que, llevado a sus máximas consecuencias, puede exigirles tanto quitar vidas como perder las suyas, en defensa del conjunto de los ciudadanos de un país concreto. Evidentemente, la realidad es mucho menos seductora que esa visión épica, pero e incuestionable el valor de todo ese entramado de elementos como garante de la supervivencia de un estilo de vida determinado. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el subordinado recibe de su superior una orden absurda, a veces abiertamente peligrosa para él mismo o para los demás? ¿Debe cuestionarse el valor de dicho comando y tratar de imponer su propio criterio, aun a riesgo de poner en peligro toda una estrategia global, o ha de ceñirse a lo que dicta el reglamento militar y acatarlo sin dilación, justificando sus consecuencias mediante el cómodo recurso de alegar que cumplía con la obediencia debida?

A lo largo de la historia, esa duda ha perseguido a infinidad de uniformados de todas las épocas, ejércitos y naciones, y aún hoy es objeto de discusión en no pocos ministerios de Defensa y Estados Mayores del mundo. Y fue en torno a ella que el malogrado cineasta británico Tony Scott, apoyado en esos dos colosos de la producción que fueron en tándem Jerry Bruckheimer y Don Simpson, rodó la que es considerada por la crítica una de las mejores películas que gestó antes de su prematura muerte, ocurrida el pasado 2012: Marea roja, todo un clásico del cine bélico de submarinos, y quizá el título más icónico de ese género junto con La caza del Octubre Rojo y Das Boot: el submarino.

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El argumento, típico del Hollywood inmediatamente posterior a la Guerra Fría, sitúa la acción en el océano Pacífico a principios de los 90. Un fanático ultranacionalista que se ha hecho con el poder en Rusia amenaza con desatar una Tercera Guerra Mundial, y la OTAN envía unidades navales a la zona para tratar de disuadirle. Entre ellas figura el submarino lanzamisiles de la Armada de Estados Unidos USS Alabama, capitaneado por el comandante Frank Ramsey (Gene Hackman), un lobo de mar de la vieja escuela, formado empíricamente a bordo de barcos desde su juventud, y por su segundo, Ron Hunter (Denzel Washington), graduado en la Academia Naval de Annapolis y en Harvard, y que encarna el conocimiento teórico y la adaptación a los nuevos tiempos. El drama se desata cuando, tras recibir del Pentágono la orden de lanzar los misiles nucleares que el Alabama lleva a bordo, se obtiene un nuevo mensaje, aunque incompleto, que bien podría suponer una confirmación de la orden de lanzamiento o su anulación. Desde ese momento se desata un crítico entre ambos líderes, defensores de posturas abiertamente enfrentadas: la Ramsey, partidario de obedecer la última orden clara recibida y vaciar el arsenal atómico de su barco sobre Rusia, aunque ello suponga el inicio de una guerra; y la de Hunter, defensor de la prudencia y de no tomar una decisión irreversible sin antes haberse asegurado de que el mensaje inconcluso no es una contraindicación, y dispuesto a orquestar un motín para evitar una catástrofe a escala mundial.

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A pesar de los veintidós años transcurridos desde su estreno, y del lógico cambio de escenario y mentalidad producido desde mediados de la década de los 90 hasta ahora, Marea roja sigue siendo una cinta idónea para abrir un jugoso debate acerca de una cuestión tan espinosa como lo es la de la conveniencia, o no, de cumplir ciegamente lo mandado por los mandos, independientemente de sus potenciales consecuencias. Desde luego, la autoridad de los jefes está presente en todo trabajo, pero en ninguno de una manera tan obvia y aparentemente incontestable como en el castrense, y la cinta de Scott deja bien claro ese aspecto. Ramsey es el ejemplo perfecto de ello; como capitán, es un líder duro e intransigente, que no tolera la crítica ni los puntos de vista distintos del suyo, a pesar de repetir una y otra vez que detesta a los aduladores. Frente a él se encuentra Hunter, hombre culto, abierto a opiniones y con una visión más amplia de las consecuencias de sus actos, pero, por encima de todo, con criterio propio, algo que al estamento militar no suele agradarle.

El choque entre esas dos personalidades antagónicas se traduce en un duelo interpretativo que, en última instancia, es el que proporciona la mayor parte del valor a la película. Hackman y Washington desatan todo su talento como actores en cada uno de los envites que sostienen, desbordando una tensión y una incertidumbre acerca del resultado capaces de dejar al espectador clavado a la butaca. Ese dramatismo se dispara cuando ambos protagonistas pasan de las palabras a los actos, tratando cada uno de ganarse el favor de una parte de la dotación para, por la vía de las armas, hacerse con el control del navío y malograr los objetivos del otro. Resultado de esas personalidades tan intensas son escenas verdaderamente memorables, como el ya legendario discurso del capitán Ramsey a sus hombres justo antes de zarpar, o el último encuentro entre él y Hunter en la sala de control del Alabama, cuando disertan sobre caballos mientras aguardan a que, de una vez por todas, se descubra quién de ellos ha llevado la razón durante todo el metraje.

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Más allá de ese profundo cara a cara ideológico, Marea roja es también una gran película bélica, y constituye una fiel descripción de la guerra submarina moderna, en un tiempo en el que el enfrentamiento directo entre buques de armadas antagonistas es una posibilidad poco probable. Mucho más madura en su fondo y ejecución que Top Gun, la anterior incursión de Scott en los campos de batalla, es también el polo opuesto al otro gran referente de las peripecias militares bajo el agua de los 90: La caza del Octubre Rojo, del “revientataquillas” John McTiernan. De hecho, se podría decir que mientras la segunda obra representa la espectacularidad y el entretenimiento en estado puro, la que aquí nos ocupa encarna la seriedad tanto en el argumento como en los hechos que tienen lugar en pantalla. El argumento resulta totalmente creíble, las escenas de combate son realistas, se evitan los lugares comunes y las frases manidas, y, en suma, se consigue transportar al público al interior  mismo del submarino.

El propio Alabama se erige en otro de los personajes de la cinta, quizá el tercero en importancia tras sus dos comandantes, al igual que sucedía con la nave Nostromo en Alien, o con el herrumbroso y terrorífico tráiler de El diablo sobre ruedas. No en vano, el navío aporta algo tan esencial para cualquier película como lo es el escenario, tan claustrofóbico y agobiante como cualquier ámbito aislado puede serlo, pues nadie puede escapar de ese ataúd de acero que navega bajo miles de metros de agua, próximo al fondo del océano. Un entorno hostil por antonomasia, agravado en el momento en que el propio submarino, averiado y fuera de control, deja de ser un elemento protector y se transforma en una amenaza extra para su tripulación. Aterrados y enclaustrados en un barco que zozobra, los marineros ni tan siquiera pueden buscar pleno consuelo en la seguridad que deberían transmitir sus superiores, demasiado ocupados discutiendo entre ellos.

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Todo ello, con la inapreciable ayuda de la banda sonora firmada por Hans Zimmer, convierte a Marea roja en una criatura hecha de celuloide absolutamente recomendable, representativa de una época ya pasada en la que el cine estadounidense se reinventaba y dejaba atrás los topicazos de los años del Telón de Acero. Un documento audiovisual no sólo fascinante y ameno, sino también útil para plantearse, y plantear a otros, si, ante la duda entre el deber o al conciencia, lo correcto es ceñirse al reglamento como autómatas, o recurrir a esa virtud del hombre tan preciado que es la humanidad.

Tal ha sido su impacto que hasta ha merecido hasta una parodia (tremendamente aplaudida, por cierto) en el capítulo La marea Simpson (Simpson Tide en el original) de la igualmente icónica serie de animación Los Simpson. ¿Acaso puede haber una garantía mejor?

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