El hombre más buscado

Título original: A Most Wanted Man.

Año: 2014.

País: Reino Unido.

Dirección: Anton Corbijn.

Reparto: Philip Seymour Hoffman, Grigori Dobryguin, Rachel McAdams, Willem Dafoe, Robin Wright, Daniel Brühl, Nina Hoss, Martin Wuttke, Mehdi Dehbi.

Reseña y críticas.

Tráiler en español.

Adquisición online.

“La Inteligencia alemana necesita hacer un trabajo que el Derecho alemán no deja hacer; nuestra unidad se creó para hacerlo”

Günther Bachmann

No han pasado ni dos décadas desde su inicio, pero el XXI ya es calificado por numerosos historiadores y periodistas como “el siglo del terrorismo”. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, las sociedades ha observado con impotencia la proliferación de radicalismos ideológicos y religiosos, mayoritariamente relacionados con el mundo islámico, que han convertido la violencia armada en su seña de identidad. El planeta se ha transformado en un campo de batalla global, sin cuartel ni apenas margen para el diálogo, en el que grupúsculos fanatizados tratan de rebasar las defensas de los gobiernos para exterminar a cualquiera que no comparta su manera de pensar, creer o amar. Ese imperio del terror, ya anunciado desde finales del XX por sucesos como los ataques a las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar el Salaam en 1998, o el primer atentado contra el World Trade Center en 1993, ha obligado a Estados Unidos y a sus aliados, con la vieja Europa a la cabeza, sopesar el valor de dos conceptos sociales tremendamente valiosos, pero no siempre compatibles: libertad y seguridad. ¿Hasta qué punto las poblaciones occidentales están dispuestas a renunciar a algunos de sus derechos fundamentales, como la libre expresión o la intimidad, a cambio de un mundo más habitable, menos peligroso y mejor? Y, aún más retorcido, ¿qué están dispuestos a hacer los gobiernos de las naciones desarrolladas para garantizar dicha seguridad en aras, teóricamente, de la libertad?

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El hombre más buscado reflexiona sobre tan espinosas cuestiones, adaptando los esquemas tradicionales del cine de espías a la realidad de nuestro tiempo. Rodada con presupuesto británico bajo la batuta del holandés Anton Corbijn, el guión, que toma como referencia la novela homónima de John Le Carré, narra los esfuerzos de una unidad secreta de la inteligencia alemana por seguir los pasos de un refugiado checheno, Issa Karpov (Grigori Dobryguin), que ha llegado ilegalmente a Hamburgo, y del que se sospecha que podría ser un terrorista decidido a atentar en suelo germano. Pero esa no es la opinión de Günther Bachmann (Philip Seymour Hoffman, en el último papel que pudo completar antes de su muerte, acaecida el 2 de febrero de 2014), el curtido, astuto y desencantado espía que lidera el equipo, y que cree que tanto en la inocencia de Karpov como en la posibilidad de utilizarlo para destapar una red de financiación a entidades yihadistas. En su camino para esclarecer la verdad se cruza Annabel Richter (Rachel McAdams), una joven e idealista abogada comprometida con la defensa de los derechos de los refugiados, y que servirá a Bachmann para, por medio de la intimidación y del chantaje emocional, manipular los movimientos de Karpov y llegar así a los auténticos criminales.

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Antes de abordar cualquier otro de sus aspectos, debe quedar claro que la criatura de Corbijn es una película “como las de antes”, en la estela de títulos recientes como Enigma, El topo o Argo, aunque sustituyendo la Segunda Guerra Mundial o la “Guerra Fría” por la amenaza del yihadismo. Una licencia veraz que no impide que, como el buen whisky o los mejores vinos, El hombre más buscado obsequie al espectador con el sabor macerado, añejo, cargado de matices, de los grandes clásicos del género. La obra no es compleja en el planteamiento de la historia, aunque tampoco sencilla a la hora de extraer conclusiones, y exige poner el cerebro en funcionamiento para reflexionar a fondo sobre su mensaje, para captar cada uno de los detalles morales, siempre oscuros y ambiguos, que los sucesos que aparecen en pantalla ocultan. Es una cinta que se mueve en la escala de grises de la ética, de puntos intermedios alejados de la simpleza de lo blanco o negro, de lo bueno o malo, de lo meramente legal o ilegal.

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Hay pocos personajes incólumes en ella; de un modo u otro, todos tienen lacras en sus conciencias. Bachmann, el aparente garante de esa causa noble que es garantizar que los alemanes puedan vivir sin miedo a saltar por los aires, no duda en recurrir a métodos inmorales para alcanzar sus metas. También Richter, obligada a traicionar a aquel a quien se comprometió a proteger, penetra en esa dinámica, arrastrada por las circunstancias a culparse eternamente por su participación en el drama. Enfrentados como están a un mundo sin piedad en el que los idealismos son derrumbados inmisericordemente por las bombas lapa o por las presiones de los servicios de seguridad, todos ellos renuncian a la totalidad o parte de sus principios para, sencillamente, sobrevivir. Entre todos ellos se mueve la ambigua figura de Karpov, eterna víctima, torturado por los rusos, de apariencia angelical, pero en el que es difícil discernir si la fuerza motriz es el deseo de venganza o el anhelo de una vida feliz. Él es el hombre más buscado, el engranaje maestro de esa máquina que es la película, una pieza clave para los servicios de inteligencia implicados en el macabro juego de la seguridad a toda costa.

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Ese realismo descarnado, aderezado con grandes dosis de suspense y con una tensión casi permanente, es lo que transforma a esta obra en una excelente película, no sólo sugerente como producto cultural, sino también recomendable como lección humana. Sostenido, además, por unas interpretaciones generalmente soberbias, y con el acierto de haber escogido un escenario cercano y reconocible con el que es fácil identificarse, el conjunto resultará lento a pocos espectadores, a pesar de la ausencia de acción, pues es la mente la que está permanentemente activa, aguardando el golpe de efecto que aclare de una vez por todas quién es realmente Karpov, y qué le depara el futuro. Hay momento de tensión máxima, otros en los que la esperanza de un desenlace feliz llega a adueñarse de uno, y un final demoledor, imprevisible, aunque lógico a la vista del actual ordenamiento internacional, capaz de arruinar la ilusión depositada en que, a la hora de la verdad, los Estados estén a la altura de la confianza y de las buenas intenciones que pueden llegar a mover las acciones del hombre.

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No hay nada superfluo en El hombre más buscado, nada dejado al azar ni al efectismo gratuito. Ni un plano, ni una palabra, ni tan siquiera un silencio. Cada detalle, cada pieza de este sesudo y fascinante puzzle de espías, está recortado para hacer pensar al público, para llevarle de la mano, aunque con esfuerzo por su parte, al mundo real que dibujan las amenazas de nuestro tiempo y las entidades encargadas de presentarles batalla. Una realidad descorazonadora, en la que queda patente que nadie es imprescindible, que el sacrificio de inocentes por causas no siempre nobles ni beneficiosas para la mayoría es moneda común, y que, pese a la fe de quienes se aferran con uñas y dientes a la convicción de poder cambiar el mundo, siempre hay un pez más grande.

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