1898. Los últimos de Filipinas

Título original: 1898. Los últimos de Filipinas.

Año: 2016.

País: España.

Director: Salvador Calvo.

Reparto: Luis Tosar, Álvaro Cervantes, Javier Gutiérrez, Eduard Fernández, Karra Elejalde, Carlos Hipólito, Alexandra Masangkay.

Reseña y críticas.

Tráiler en español.

Adquisición online: no disponible. Actualmente en cartelera.

“En la guerra hay dos tipos de militares: los que quieren medallas y los que quieren volver”

Capitán Enrique de las Las Morenas

¿Heroísmo abnegado o escandalosa estupidez? Es inevitable plantearse esa pregunta cuando uno dedica unos minutos a estudiar algunas de las derrotas militares más glorificadas recogidas en los libros de historia. Y es que, tras varios milenios de enfrentamientos armados más o menos justificados – sin duda, el pasatiempo predilecto de la especie humana –, ha quedado demostrado que la franja invisible que separa ambos conceptos es delgada, difusa y fácil de rebasar sin ser consciente de ello. Nuestro pasado castrense está marcado por infinidad de acciones aparentemente gloriosas, valerosas en extremo y cargadas de virtuosismo, pero que, una vez analizadas a través de la lente del raciocinio, caen por su propio peso en la fosa de lo inútil, de lo absurdo y, a menudo, también de lo abiertamente criminal. Gestas como la defensa del desfiladero de las Termópilas, la carga de la Brigada Ligera británica en el valle de Balaclava o la batalla naval de Santiago de Cuba forman parte de una larga relación de debacles que, sin embargo, han sido “vendidas” por la propaganda como actos merecedores de elogio y encumbrados a la categoría de modelos de conducta. Un esfuerzo dignificante que, demasiado a menudo, sepulta la que debería ser la gran duda: ¿realmente esos sacrificios sirvieron para algo?

En el caso concreto de España, el largo proceso de desintegración del imperio colonial americano y asiático, iniciado a finales del siglo XVIII y que concluyó en las postrimerías del XIX, abundó en ejemplos de valía desinteresada por parte de las tropas hispanas que, a la postre, demostraron ser fútiles, habida cuenta de la pérdida definitiva de nuestras posesiones en ultramar. Uno de los más sonados fue el protagonizado entre el 30 de junio de 1898 y 2 de junio de 1899, en el contexto de la Revolución Filipina, por los cincuenta soldados del Batallón Expedicionario de Cazadores Nº2 que constituían la guarnición de Baler, una aldea miserable oculta en lo más recóndito de la jungla de la isla de Luzón. Durante esos 337 días el destacamento permaneció encerrado en la iglesia del pueblo, resistiendo el asedio de más de 1.500 guerrilleros nativos, sin querer creer las noticias de que la contienda había terminado oficialmente en diciembre del 98 con la derrota de España y la entrega de la isla a Estados Unidos. Finalmente, una noticia publicada en un ejemplar atrasado del periódico El Imparcial convenció a los defensores, que rindieron la plaza a los filipinos y fueron repatriados con todos los honores. Sólo 35 de ellos, los “últimos de Filipinas”, pudieron volver a casa; el resto fueron presa del hambre, de las enfermedades, de las deserciones y del fuego enemigo durante el sitio. Al otro lado de la tierra de nadie, más de 700 filipinos habían perecido en la batalla.

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En una España comatosa, traumatizada por la “Crisis del 98”, y necesitada urgentemente de motivos para enorgullecerse de su bandera, los supervivientes fueron inmediatamente encumbrados a la categoría de héroes, los “héroes de Baler”. Los periódicos de la época dedicaron extensos artículos a relatar su hazaña, a menudo tergiversando los hechos para acomodarlos a los intereses de la opinión pública; pocos fueron quienes osaron señalar lo fútil del suceso, y sus opiniones no tardaron en ser acalladas, cuando no abiertamente combatidas. Tal fue el impacto de aquella resistencia desesperada en el último confín del imperio, que la semilla plantada entonces aún hoy da frutos, pues la lucha de los de Baler todavía se recuerda como una de las más gloriosas hazañas de las armas hispanas.

Una historia tan épica como ese “El Álamo hispano” no podía pasar desapercibida para la industria del cine, y ya en 1945, en pleno apogeo del franquismo, Antonio Román rodó Los últimos de Filipinas, usando como base varios guiones radiofónicos escritos en los años anteriores. En ese primer acercamiento del celuloide al drama de Baler, Fernando Rey y Tony Leblanc representaban todas las supuestas virtudes de la raza hispana que tanto gustaba de promocionar el Régimen en aquella época, incluyendo el heroísmo desmedido, la abnegación a toda prueba y el amor incondicional por la bandera. De aquel relato inicial, ingenuo y manido, aunque no carente de mérito, quedaron como legado tanto el bolero Yo te diré, que elevó a la fama a Nani Fernández, como una deuda de objetividad de nuestro cine con ese episodio del pasado nacional, que recientemente sirvió de inspiración para dos episodios de la serie El Ministerio del Tiempo. Ésa es la cuenta pendiente que ha tratado de saldar el director Salvador Calvo con 1898. Los últimos de Filipinas, un producto curioso, atípico pero de calidad, que ha servido, entre otras cosas, para reavivar el debate anteriormente planteado.

Ante todo, hay que puntualizar que la propuesta de Calvo no pretende ser un documento plenamente fiel a lo acontecido en Baler, aunque sí que opta por una dosis de realismo mucho mayor que la que Antonio Román inculcó a su criatura. Al inicio de la proyección, un mensaje escrito previene al espectador de que los hechos y personajes mostrados en pantalla difieren de los auténticos para hacer del conjunto un todo más atractivo como espectáculo. Ése es el primer gran acierto de Calvo. No hay engaños, ni subterfugios, ni falsas lecciones históricas que se quieran hacer pasar por ciertas. Quien desee la verdad completa y aséptica, que acuda a las enciclopedias. La meta que Calvo persigue se halla al final de un camino distinto.

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Tras esa advertencia, y después de un breve resumen de la situación del imperio español en el año 1898, la película entra de lleno en el relato de la historia principal, que abarca desde la llegada del destacamento militar a Baler hasta que el último soldado español abandonó la iglesia del pueblo un año después. A su frente están el capitán Enrique de las Morenas y Fossi (Eduard Fernández) y el teniente Saturnino Martín Cerezo (Luis Tosar), militares profesionales y avezados al mando de una tropa bisoña, en su mayoría analfabeta y enviada a ultramar a la fuerza, y de entre la que destaca el soldado Carlos (Álvaro Cervantes), un joven con talento para la pintura que sueña con que los laureles obtenidos en el campo de batalla le abran las puertas de las escuelas de arte. Pero la realidad de la guerra es bien distinta de sus sueños de gloria, y pronto los defensores deben encerrarse en la iglesia para afrontar las inhumanas condiciones del asedio. Durante el sitio salen a la luz las miserias de cada uno de los personajes, y el tiempo no tarda en transformar a los virtuosos en bellacos, a los idealistas en cínicos, a los cuerdos en dementes. En ese aspecto es en el que Calvo incide especialmente: en la idea de que, a pesar de la presencia de las fuerzas filipinas en el exterior, el verdadero enemigo de los españoles se encuentra dentro de ellos mismos.

Sintetizar 337 día de lucha en 129 minutos de metraje no es tarea fácil, pero el guionista Alejandro Fernández logra representar esa evolución de manera eficaz por medio de una serie de dibujos a carboncillo, supuestamente realizados por el soldado Carlos, mediante los que se muestra el efecto destructivo de los días sobre el aspecto y la moral de los defensores de Baler. Esa especie de “storyboard” de lo acontecido sirve de refuerzo a las secuencias filmadas, en las que se intercalan los combates trepidantes – que nada tienen que envidiar al cine bélico de Hollywood – con los padecimientos sufridos en el interior de la iglesia, y con los dilemas existenciales a los que se enfrenta la guarnición. Esas dos formas de narrar lo ocurrido se funden en un bloque sólido y bien construido, aunque en ocasiones es inevitable preguntarse si no habrán quedado en el tintero mil y un sucesos que deberían haber sido incluidos en el resultado final.

También la puesta en escena juega un papel determinante a la hora de mostrar, el evidente deterioro tanto de los uniformes y equipo como de la salud de los protagonistas. El trabajo de escenografía y de vestuario es más que notable, aunque no han faltado los puristas que han criticado que si ciertas armas son anacrónicas, que si el corte de los uniformes no es correcto, o que si los infantes españoles de aquel entonces usaban alpargatas en lugar de botas. Puesto que no se trata de un documental, sino de una obra de ficción histórica, semejantes detalles son totalmente irrelevantes, pues el conjunto cumple sobradamente su objetivo de transportar al público a la Filipinas de finales del siglo XIX.

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Hay bastante de real en la versión del sitio de Baler de Calvo, aunque también mucho de ficticio. Nombres y situaciones de personajes han sido alterados, como en el caso del sacerdote franciscano Carmelo (Karra Elejalde), inspirado en fray Cándido Gómez Carreño, uno de los tres eclesiásticos que acompañaron al destacamento en su sufrimiento. Otros han sido inventados, como sucede con el sargento Jimeno (Javier Gutiérrez), un suboficial amargado, sádico y fanático, que hace las veces de antagonista principal del film, pese a que no aparece en la relación de defensores reales. Por el contrario, algunos de los protagonistas del hecho histórico han sido omitidos directamente; así sucede con el segundo teniente Juan Alonso Zayas, quien asumió el mando del puesto tras la muerte de De las Morenas, y que comandó a las tropas hasta que la enfermedad acabó con su vida. En la cinta no se hace mención alguna a este personaje, clave para entender el drama de Baler, y Calvo prefiere descargar todo el peso del mando en los dos comandantes más recordados, representantes de sendas visiones de la milicia rotundamente distintas: el capitán De las Morenas y el teniente Cerezo.

Tanto Tosar como Fernández cumplen con solvencia con sus roles, si bien es cierto que la deriva del personaje del primero puede desconcertar al espectador. Y es que el teniente Cerezo de este film evoluciona a lo largo del asedio de un oficial caballeroso, en apariencia comprensivo y cabal, a un defensor acérrimo, incluso demente, de las ordenanzas militares como única manera de justificar su decisión de proseguir la resistencia pese a las noticias del fin de la guerra, sin que parezca mediar cargo de conciencia alguno. Por el contrario, Fernández se mete en la piel de un capitán De las Morenas más político que militar, humano y paternal hasta la debilidad, un contrapunto perfecto del modelo de conducta de Tosar, estupendamente interpretado. El nexo involuntario entre ambos es el soldado Carlos, la voz de la conciencia, al que Álvaro Cervantes da vida sin grandes artificios, aunque sí con solvencia. Con luz propia brillan también un Karra Elejalde magnífico como representante de las bondades y debilidades humanes más terrenales, y un Javier González capaz de poner los pelos de punta con las dosis de maldad que es capaz de exudar.

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No obstante, si hay algo capaz de erizar el vello tras una reflexión pormenorizada es el mensaje último que transmite la película, y que va mucho más allá de la mera espectacularidad del combate o de las reflexiones personales de los protagonistas. Pues 1898. Los últimos de Filipinas es una cinta profundamente antibelicista, crítica con la experiencia colonial de España, y que, una vez acallado el tronar de las armas y arriadas las banderas, muestra con claridad la locura de la guerra y lo absurdo del militarismo. Los mismos filipinos – a los que Calvo concede una posición merecidamente honrosa al mostrarles como contrincantes respetuosos, dignos y de valores elevados – no pueden sino descubrirse ante tamaño acto de gallardía, pero tampoco logran ocultar su desconcierto al no comprender el porqué del mismo. Su saludo a la fuerza hispana que se repliega tras la bandera es su manera de rendir honores a los autores de una gesta estéril, un acto de valor inconcebible que de nada sirvió, fruto de la necedad, de la paranoia y del fanatismo más alucinantes imaginables.

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