Ciudad de vida y muerte

Título original: City of Life and death (Nanjing! Nanjing!).

Año: 2009.

Nacionalidad: China.

Director: Lu Chuan.

Reparto: Gao Yuanyuan, Hideo Nakaizumi, Fan Wei, John Paisley, Liu Ye, Ryo Kohata.

Reseña y críticas.

Adquisición online.

 

“¿Sabe, sargento? Mi mujer vuelve a estar encinta”

Señor Tang

 

Al amanecer del 13 de diciembre de 1937, tras trece días de asedio, las tropas del Ejército Imperial japonés, lideradas por el príncipe Asaka Yasuhiko y por el general Iwane Matsui, lanzaron el asalto final contra la ciudad de Nankín, capital de la República de China. La caída de este enclave estratégico de primer orden, ubicado en la desembocadura del río Yangtsé, marcó un punto de inflexión en el desarrollo de la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945). Tras rebasar las barricadas y reducir a los últimos y desmoralizados defensores, los soldados nipones se desperdigaron por la urbe, y durante los siguientes dos meses sus mandos les concedieron carta blanca para desatar uno de los peores episodios de pillaje de la historia militar reciente. El catálogo de atrocidades perpetradas por los invasores en la que pronto sería conocida como la “Violación de Nankín” fue amplio, variado y, sobre todo, espeluznante. Fusilamientos, decapitaciones, enterramientos en vida, desmembramientos, violaciones masivas y torturas de toda índole se transformaron en rutina diaria, y el terror no tardó en convertirse en compañero de fatigas permanente de los habitantes. Para cuando la fuerza de ocupación se retiró de la ciudad, en febrero del 38, el número de víctimas ascendía a más de 300.000 personas; algunos estudios han llegado a elevar la cifra hasta el medio millón.

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Han pasado 79 años desde entonces, pero la herida que tamaña atrocidad abrió en el recuerdo del pueblo chino no sólo no se ha cerrado todavía, sino que supura periódicamente. No es inusual que cuando algún político, empresario o referente mediático nacionalista reaviva el sentimiento antinipón, la “Violación de Nankín” salte de nuevo a la palestra en ambos países, aunque entendida desde puntos de vista bien distintos. Así, mientras los “hijos del dragón” aún hoy reclaman disculpas y compensaciones de distinto tipo – comprensibles si se considera que, aunque se ejecutó a Matsui en 1948, el príncipe Asaka, inmune gracias a su parentesco con el emperador Hirohito, nunca fue juzgado, –, en Japón proliferan los argumentos que, si bien no disculpan la barbarie, sí tratan de justificarla en parte, alegando el estado de guerra existente entre los dos países en aquel momento. En los últimos diez años incluso han surgido corrientes abiertamente negacionistas, que rechazan categóricamente la existencia del suceso, al que consideran una invención de los Aliados para desprestigiar la imagen del “país del Sol Naciente”. Un tenso tira y afloja histórico, diplomático y social que, por desgracia, no tiene visos de ir a resolverse en un futuro cercano.

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Pese la amplia difusión con que el suceso cuenta en Asia, en las naciones occidentales son pocas las personas que han leído, visto u oído algo sobre la hecatombe de Nankín. Traumatizada por los millones de fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto judío, la vieja Europa ha dedicado las últimas ocho décadas a intentar cicatrizar sus propias heridas y a enmendar las consecuencias de sus actos, y no ha prestado demasiada atención a los dramas que acontecieron en Oriente en aquellos años de crímenes y matanzas sin parangón. No son pocos los eruditos y artistas chinos empeñados en revertir esa tónica, y en 2007 el cineasta Lu Chuan decidió unirse a dicha corriente y convertir la que sería su tercera película en un tributo a las víctimas de Nankín. Así fue como se gestó Ciudad de vida y muerte, una de las producciones cinematográficas más laureadas de la industria del celuloide china, pero también una sonora bofetada en la conciencia del mundo entero.

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La cinta fue todo un éxito de crítica y taquilla. En sus dos primeras semanas en cartel recaudó casi veinte millones de dólares, y el jurado del Festival Internacional de Cine de San Sebastián decidió premiarla con la Concha de Oro, siendo la primera película asiática en obtener dicho galardón. Y no es para menos; la obra de Chuan derrocha fuerza dramática, espectacularidad en sus secuencias de combate y terror ante los crímenes mostrados, pues no hay nada más espantoso para cualquiera con un mínimo de conciencia que contemplar la barbarie ejercida con total impunidad. Filmada en blanco y negro para incrementar su carga dramática, y con el mar de ruinas en que se convirtió Nankín como aderezo de esa premisa, el resultado es una bomba de emociones capaz de hacer temblar al espectador de rabia y de pura impotencia. Una sucesión de escenas dantescas y de abusos de toda índole, cada cual más trágico que el anterior, que exigen una dura pugna emocional para autoconvencerse de que, al final, algo positivo tendrá que ocurrir.

A medio camino entre el cine bélico y el drama histórico – en la línea de la archiconocida La lista de Schindler –, Ciudad de vida y muerte es una creación coral en la que gozan de protagonismo los dos bandos enfrentados. En una esquina del cuadrilátero están los habitantes de la urbe profanada, a cubierto tras sus defensores, un heterogéneo grupo de soldados profesionales y milicianos de circunstancia, incluidos niños y ancianos, divididos entre el deseo de huir y el deber de resistir a toda costa. No es casual que la cinta comience con la visión de las tropas de élite chinas, desmoralizadas y decididas a abandonar Nankín, enfrentándose a un regimiento regular de su mismo bando que bloquea la única salida segura. El mensaje es claro: ocurra lo que ocurra a continuación, la derrota está asegurada. El espectador ya puede prepararse para lo peor.

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A partir de ese punto, el drama cobra cada vez más fuerza, hasta volverse difícil de soportar en ocasiones. Eliminada de la ecuación la resistencia armada – en una serie de secuencias de combate que poco tienen que envidiar a Salvar al soldado Ryan –, son los civiles quienes se convierten en el único foco de interés de los invasores. Con un ejército extranjero sembrando el terror por doquier, los habitantes de la urbe tratan de sobrellevar una existencia diaria lo más normal posible, aunque con la sombra de la tortura, de la violación y de la muerte siempre sobre ellos. Se pueden imaginar los efectos de esa realidad ficcionada en el público, y que son uno de los grandes aciertos de esta cinta, pues es imposible eludir la sensación de ansiedad al comprender que, en el momento menos esperado, cualquiera de los protagonistas, hasta el más insospechado y carismático de ellos, puede ser víctima del capricho homicida de los japoneses. Políticos y comerciantes, proxenetas y tahúres, estudiantes y mendigos, nadie está a salvo.

De entre todos los estratos sociales que conforman la población de Nankín, en la película ninguno se muestra tan sufrido y, a la vez, firme como el de las mujeres. Ni qué decir tiene que son sus hombros los que soportan el peso de las mayores barbaridades; su sexo las convierte en el objeto de deseo de los nipones, que las utilizan a su antojo, ignorando edades, orígenes, empleos o afinidades en la contienda. De nuevo, es esa aleatoriedad total la que más desazón genera en el espectador. Desde las prostitutas colaboracionistas a las empleadas de los extranjeros que se creen a salvo gracias a la teórica inmunidad de sus superiores, las mujeres de la ciudad son usadas como objetos sexuales y como juguetes en los perversos y sangrientos entretenimientos de los ocupantes. Humilladas y violadas hasta límites difíciles de imaginar, enfrentadas al horror de la profanación impune de sus cuerpos, tratan de encarar tales vejaciones con estoicismo y entereza.

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Por supuesto, el enfoque general de Ciudad de vida y muerte es eminentemente amable con las víctimas, algo que la magnitud de la tragedia vivida en Nankín hace absolutamente comprensible. Ahora bien, el principal mérito del director radica en no conformarse con el fácil recurso de dibujar a los japoneses como a unos monstruos crueles y viciosos, movidos sólo por la avaricia, la lujuria y el sadismo. Por el contrario, el retrato que ofrece de las fuerzas de ocupación niponas es el de unos muchachos fanatizados, persuadidos por una propaganda profundamente racista de que el enemigo no es más que una suerte de subespecie infrahumana, embrutecidos por la milicia y por la guerra, y embriagados de victoria tras experimentar el terror ante la cercanía de la muerte. De hecho, esa pretensión de objetividad costó a Chuan más de un quebradero de cabeza por la disconformidad de la censura china, amén de alguna que otra amenaza de muerte firmada por ciertos familiares de las víctimas, contrarios a que los ocupantes fuesen representados de un modo tan “humano”.

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Entre ambos bandos se encuentran los extranjeros presentes en la capital china en el momento de su caída. Diplomáticos, empresarios, misioneros y militares de naciones neutrales, varias decenas de occidentales fueron testigos más o menos pasivos de lo ocurrido, creyéndose a salvo gracias a la relativa seguridad del llamado Recinto Internacional. La mayoría de ellos trataron de mirar hacia otro lado y de aguardar la llegada de los salvoconductos que les permitirían rebasar el bloqueo japonés y abandonar la urbe, pero otros decidieron hacer lo posible por auxiliar al desamparado pueblo chino. El más célebre de ellos fue el comerciante alemán John Heinrich Rabe, representante de Siemens en Nankín y miembro del Partido Nazi que, pese a la alianza de su país con Japón, usó la inmunidad que le confería su origen germano para crear un área segura en torno a su domicilio y, de ese modo, salvar la vida de cerca de 250.000 chinos. Rabe es uno de los personajes históricos que aparecen en el film, magníficamente interpretado por el escocés John Paisley, quien regala algunos de los momentos más emotivos, al mostrar no sólo la determinación solidaria y la energía del veterano empresario alemán, sino también su sufrimiento ante la barbarie, en especial al descubrir que los nipones no siempre están dispuestos a respetar el emblema de la cruz gamada.

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Pero Paisley no es el único actor que merece elogios por su labor en la película. Prácticamente todo el reparto, formado por nombres poco o nada conocidos en Occidente, cumple solventemente con su cometido, sosteniendo el guión a base de talento dramático, asumiendo unos roles difíciles de encarar. Tal es el caso de Hideo Nakaizumi, que da vida al soldado japonés Kadokawa, un joven bondadoso y culto, atormentado por la culpa tras haberse dejado arrastrar por sus compañeros a la orgía de destrucción. O de la hermosa Gao Yuanyuan, cuyo papel, el de la firme y solidaria señorita Jiang, arranca algunas de las exclamaciones de impotencia más airadas durante la cinta. No obstante, brilla con luz propia el veterano actor chino Fan Wei, embutido en la piel del señor Tang, quien, tras denodados esfuerzos por salvar a su familia colaborando con los nipones, y después de que su bebé fuese asesinado por los mismos al arrojarlo desde una ventana, dedica a los ocupantes una magnífica victoria espiritual al confesar al oficial que le lleva al paredón que su esposa, ya a salvo en territorio bajo control occidental, vuelve a estar embarazada.

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Es esa frase, breve y sencilla, aunque demoledora para la soberbia de los victoriosos japoneses, la que, en los últimos minutos de Ciudad de vida y muerte, cambia radicalmente el mensaje del conjunto, y regala al público un rayo de esperanza que, tenue pero estable, brilla entre tanta oscuridad. Pues, sea cual sea el grado de maldad que el ser humano sea capaz de alcanzar, la vida, como muy bien expresa el señor Tang cuando se encuentra a punto de morir, siempre termina triunfando.

 

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