El hundimiento.

Título original: Der Untergang.

Año: 2004.

Nacionalidad: Alemania.

Director: Oliver Hirschbiegel.

Reparto: Bruno Ganz, Alexandra Maria Lara, Corinna Harfouch, Ulrich Matthes, Thomas Kretchmann, Matthias Habich.

Reseña y críticas

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“Si perdemos la guerra, me importa un bledo que el pueblo se vaya al Infierno”

Adolf Hitler

El 27 de febrero de 2005, en el Teatro Kodak de Los Ángeles, durante la 77º ceremonia de entrega de los premios Óscar, el auditorio en pleno se puso en pie para aplaudir al actor Bruno Ganz por su rol protagonista en la cinta alemana El hundimiento, dirigida por Oliver Hirschbiegel , que optaba a alzarse con la estatuilla en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa. Al final, el galardón se lo llevó la española Mar adentro, de Alejandro Amenábar, pero, como el mismo Ganz reconocería más tarde, semejante gesto llevaba implícito un mensaje tan importante como el propio premio. En efecto, aquel aplauso suponía la aceptación oficial, por parte de la crítica y del público, del que probablemente sea uno de los papeles más difíciles que el veterano intérprete suizo haya debido afrontar a lo largo de su extensa carrera: el del dictador nazi Adolf Hitler, mostrado no como un genocida desalmado y despreciable, sino como un ser sensible, vulnerable y, pese a quien pese, humano.

Hablar de Hitler es hacerlo del que probablemente sea el personaje más conocido, denostado y, al mismo tiempo, fascinante de todo el siglo XX. Canciller de Alemania entre 1933 y 1945, Führer del tristemente recordado Tercer Reich germano y responsable de cerca de 60 millones de muertes, tanto en los combates de la Segunda Guerra Mundial como en el marco del Holocausto, quien para muchos es la personificación del Mal en estado puro sigue despertando pasiones enfrentadas setenta y un años después de su muerte. No es de extrañar que el cine haya encontrado en Hitler a uno de sus villanos más recurrentes, presente, con mayor o menor relevancia, en películas de todos los géneros imaginables, desde la biografía exhaustiva hasta la parodia reflexiva, pasando por títulos de ciencia-ficción e, incluso, por algún que otro producto de la industria del porno.

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Sin embargo, hasta que Hirschbiegel se decidió a poner en marcha su proyecto, Alemania tuvo una deuda cinematográfica pendiente con el que fuese su dirigente más famoso. Habitantes del país directamente responsable de la catástrofe hitleriana, traumatizados durante décadas por los efectos del nazismo en Europa y el mundo, los alemanes rehuyeron convertir al Führer en protagonista o, tan solo, en personaje relevante de sus película, relegándolo a apariciones escuetas, muchas veces desde ángulos poco visibles o, incluso, de espaldas. Era como si los cineastas germanos temiesen que mostrarlo claramente y durante demasiado tiempo en pantalla pudiese despertar de nuevo a aquella suerte de “demonio”, o incomodar las conciencias de un pueblo que todavía hoy no ha cerrado completamente sus heridas.

El hundimiento fue el primer cara a cara abierto del cine alemán con esa oscura página de su pasado. Rodada a partir del guión escrito por Bernd Eichinger – quien tomó como base el libro El hundimiento: Hitler y el final del Tercer Reich, del historiador y periodista Joachim Fest, y las memorias de Traudl Junge, una de las secretarias de Hitler –, es una descripción vívida, directa y clara de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Europa, de los estertores del imperio nazi y, sobre todo, del fin de su dirigente supremo, tomando como punto de partida el 20 de abril de 1945, día en que Hitler celebró su quincuagésimo y último cumpleaños.

Por supuesto, asumir el rol de un personaje tan delicado requería de un actor de talento incuestionable, y Hirschbiegel pronto tuvo claro que Bruno Ganz debía ser quien diese vida al estadista. La elección no fue fácil; en Alemania no tardaron en alzarse voces contrarias al proyecto en general, tildado por algunos de abiertamente pronazi, y a Ganz en particular, argumentando lo inapropiado de que un suizo diese vida a uno de los nombres capitales de la historia germana. El propio Ganz, con un largo historial de premios y reconocimientos en su haber, sopesó cuidadosamente la propuesta antes de aceptarla, consciente de que un mal trabajo podría no sólo herir la sensibilidad de millones de personas, sino también dar al traste con su carrera artística. Es comprensible, pues, que, después de dar al director el sí definitivo, el actor dedicase cuatro meses a estudiar en profundidad la personalidad de Hitler, valiéndose para ello de documentales de la época, biografías e, incluso, testimonios de quienes coexistieron con él.

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El resultado es la mejor representación en pantalla del Führer realizada hasta la fecha. Gestos, tonos de voz, movimientos y hasta el párkinson que dominó al dictador en sus semanas finales de vida quedan reflejados a la perfección en pantalla, junto con su carácter histérico, paranoico a veces, tendente al autoengaño y, ya en sus últimos momentos, directamente desesperanzado. El Hitler de Ganz no es ya un villano retorcido, vicioso y aterrador, sino un anciano vencido y delirante, abandonado por quienes creía sus fieles incondicionales, aislado del mundo en su búnker mientras, en el exterior, la nación que aún cree dirigir se desmorona ante el avance de los ejércitos soviéticos. Sus arranques de ira descontrolada ante los reveses militares, sus lágrimas al descubrir la traición de sus más cercanos colaboradores, sus expresiones de amor hacia su esposa, Eva Braun… Todo ello es capaz de suscitar en el espectador ira y desprecio por sus crímenes, sí, pero también ternura y, hasta cierto punto, lástima. Es ahí donde la calidad de Ganz como actor se hace patente, al ser capaz de imprimir una dimensión humana y familiar a uno de los seres más odiados de todos los tiempos.

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Pero El hundimiento no es sólo la biografía de los últimos momentos de vida del Führer, sino un relato coral del fin de un mundo entero, en el que tienen cabida tanto los jerarcas nazis y los funcionarios del régimen como los sufridos civiles, los oficiales fanáticos y los soldados exhaustos, todos ellos unidos en la debacle. Los miembros de la camarilla de Hitler luchan entre sí, conspiran y se traicionan mutuamente para intentar salvar sus vidas y repartirse los despojos de la herencia nazi, o planean sus suicidios, conscientes de que los vencedores nunca perdonarán sus fechorías, mientras, en las calles arrasadas de un Berlín alucinante, los últimos defensores del Reich tratan de sobrevivir. Niños convertidos en soldados, embebidos de un fervor fanático, y veteranos hastiados, sabedores de la inminente derrota, luchan codo con codo en las barricadas, desde los edificios demolidos y los cráteres de las bombas, mientras los esbirros de la Gestapo ahorcan en las farolas a quienes huyen o no demuestran la suficiente fe en la absurdamente pregonada “victoria final”. Un escenario caótico y enloquecedor que Hirschbiegel sabe plasmar con realismo y solvencia, aunque un tanto escaso en detalles, pues la orgía de sangre, alcohol y sexo en que se convirtió la caída de Berlín podría haber dado para mucho más. En nada se mencionan los excesos a los que se entregaron muchos de los alemanes en aquellas jornadas de locura, ni las atrocidades cometidas por los soviéticos contra la población civil. Queda preguntarse si ello es debido a un interés político, a la simple casualidad o a la insuficiencia del presupuesto.

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Testigo de todo ello es la joven Traudl Junge, secretaria personal de Hitler, eficazmente encarnada por Alexandra Maria Lara. Es ella quien, como segunda gran protagonista de la cinta, sirve de contrapeso a la absorbente personalidad de Hitler y, en cierto modo, actúa como contrapeso de aquel, al convertirse en una suerte de voz de la conciencia. Contratada en un tiempo en que el Reich parecía invencible, el drama de la batalla de Berlín sirve a la joven para replantearse su ideología política, para cuestionarse lo acertado de su decisión de colaborar con el régimen y, sobre todo, para demoler su inicial idealización del Führer, a quien poco a poco logra ver como el mayor responsable del desastre que se cierne sobre todos ellos. Su supervivencia final bien puede ser entendida como un canto a la esperanza, como un intento del director de transmitir la idea de que, aun a pesar de la trágica conclusión del acto, la esperanza de un futuro mejor para los supervivientes logra abrirse camino.

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El hundimiento se postula así como una película necesaria, imprescindible, incluso, para acercarse a la historia reciente de Alemania, de la que bebe nuestro presente. Un documento imperfecto, aunque de calidad, que permite conocer otra faceta del dictador más conocido de todos los tiempos, acercarse a él y llegar a asumir que, como hombre corriente fue, la tragedia que orquestó aún hoy podría repetirse.

 

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