BEN-HUR

Título original: Ben-Hur.

Año: 2016.

Nacionalidad: Estados Unidos.

Dirección: Timur Bekmambetov.

Reparto principal: Jack Huston, Toby Kebbell, Morgan Freeman, Nazanin Boniadi, Rodrigo Santoro, Ayelet Zurer, Pilou Asbæk.

Reseña y críticas

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“El primero en llegar será el último en morir”

Ilderim

 

Desde hace ya algunos años, la todopoderosa industria del cine estadounidense parece haberse dejado seducir por la tendencia, hasta no hace mucho residual, de elaborar remakes de viejas películas de éxito. A los productores no les faltan motivos para ello; a la comodidad que supone rescatar y modificar un guión ya existente se suma el hecho de que, ya sea por nostalgia o por el deseo de ver un masivo despliegue de espectáculos visuales, el éxito en taquilla está prácticamente garantizado. Así, los espectadores sólo tienen que esperar unos pocos meses para que los medios de comunicación anuncien a bombo y platillo el inminente estreno de una nueva producción dispuesta a superar las glorias de aquella pasada a la que pretende imitar. Huelga decir que, normalmente, el resultado se aleja mucho de ese objetivo; basta echar un rápido vistazo a cintas como Ultimátum a la Tierra, Death Race o la más reciente Cazafantasmas para constatar la cantidad de bodrios infumables que se acumulan en los currículums que campan por Hollywood. Y, en la mayoría de los casos, sólo una idea ocupa las mentes sanas y racionales al salir del cine: “¿Por qué?”.

Esa misma pregunta es la que cabe plantearse tras ver Ben-Hur, la más reciente versión del imperecedero clásico que William Wylder rodó en 1959, usando como base la novela homónima de Lewis Wallace, y que, por sus indiscutibles bondades, ya es cliente conocido de la parrilla televisiva durante la semana Semana Santa desde tiempos poco menos que inmemoriales. Un mérito que esta revisión, firmada por el cineasta kazajo Timur Bekmambetov, difícilmente obtendrá algún día, a la vista de las múltiples vías de agua abiertas en su estructura, tanto en términos interpretativos como de guión y de puesta en escena. Sin embargo, conviene ser objetivos y justos, y por ello es de recibo intentar aliviar la presión de la tormenta de críticas que este péplum está cosechando. Pues, por extraño que pueda parecer, no todo en esta obra merece ser vapuleado.

A los millones de personas que hayan visto la película de Wylder – y que, a su vez, adaptaba una cinta muda de 1925, dirigida por Fred Niblo y con el mexicano Ramón Novarro como cabeza del reparto – la historia narrada por Bekmambetov les resultará familiar: en la Jerusalén de principios del siglo I d. C. el príncipe hebreo Judah Ben-Hur (al que da vida, con eficacia irregular, Jack Huston), hombre prominente entre la comunidad judía, es falsamente acusado de traición por su hermanastro Mesala Severo (un más bien poco creíble Toby Kebbell), oficial del ejército romano, quien ambiciona el favor del gobernador de la provincia de Judea, Poncio Pilatos (Pilou Asbæk). Separado de su familia, a la que da por muerta, Ben-Hur pasa los siguientes cinco años sirviendo como galeote en la Armada Romana, hasta que logra escapar en el transcurso de una batalla naval contra los griegos. Acogido por el jeque nómada Ilderin (un Morgan Freeman en horas bajas), el príncipe se transformará en un auriga de talento para poder enfrentarse a Mesala en el circo y, de ese modo, no sólo cobrarse su ansiada venganza, sino también humillar a todo el Imperio Romano.

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De entrada, y antes de desgranar las características de la cinta, es necesario confesar que el expediente de Bekmambetov – director que desarrolla su carrera a caballo entre Rusia y Estados Unidos – invita, cuanto menos, a la desconfianza. En su haber figuran verdaderos crímenes cinematográficos, siendo Wanted y Abaham Lincoln, cazador de vampiros sólo dos de los numerosos títulos que pueblan su trayectoria. En el caso de Ben-Hur, su objetivo parece haber sido imprimir al clásico del 59 un toque moderno, fresco y juvenil, recurriendo a un vestuario con ciertas similitudes con la actualidad – decisión que, en el caso de los ropajes, femeninos, en ocasiones chirría – y a una buena dosis de espectacularidad, desplegando un abanico de efectos especiales generados por ordenador tan abundante que se vuelve empalagoso por momentos.

Por lo que respecta a la historia, a nadie que haya visto la versión de Wylder le resultará desconocido su desarrollo, aunque no faltan los cambios en el guión con respecto al original. El aprecio, primero, y la rivalidad, después, entre los dos protagonistas se asemejan bastante en ambas películas, al igual que las vicisitudes de los demás personajes. Así mismo, los hechos icónicos que han convertido al Ben-Hur de 1959 en un clásico imperecedero, como la batalla naval entre romanos y griegos, o la carrera de cuadrigas, se han respetado, pese a que en esta revisión carecen de la fuerza dramática y de la tensión de su predecesora.

No obstante, también existen alteraciones importantes, generalmente poco acertadas. Así, puede afirmarse sin caer en la grosería que toda la fase final del film, aunque seguramente del gusto de muchos espectadores, dinamita por completo la conclusión de la obra de Wylder, y transforma a esta nueva interpretación en un alegato religioso no sólo discutible, sino también de escaso valor cinematográfico. Aun así, no puede decirse que el conjunto caiga en el aburrimiento en ningún momento, y, aunque apenas llega a sorprender positivamente, al menos entretiene durante todo el metraje.

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También en el apartado interpretativo es posible dejar un margen para las revelaciones, tanto positivas como negativas. En este último aspecto, la constatación de la decadencia en la que se halla sumida la carrera del otrora gran actor Morgan Freeman. Habitual, de un tiempo a esta parte, de películas de calidad más que dudosa, en muchos casos asumiendo roles que no pasan de meros “cameos”, su transformación en el empresario Ilderin, aunque no debe calificarse de rotundamente penoso, sí carece de la profundidad, del carisma y de la energía emocional cabrían esperar del intérprete que cautivó al mundo entero con sus papeles en Sev7n y en Tiempos de gloria.

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En el plato opuesto de la balanza se sitúa Rodrigo Santoro, pujante actor brasileño que, pese a saltar a la fama por un papel tan antierótico como el del rey persa Jerjes en 300, ha sido capaz de abrirse un hueco entre los “guapos” de moda en Hollywood. Pero su mérito no se limita sólo a su belleza; su rol de Jesucristo en Ben-Hur – un mesías más carismático, dinámico y, sobre todo, actualizado que aquellos que acostumbra a reflejar el cine –, aunque sin ser sobresaliente, sí reviste la suficiente calidad como para osar esperar futuras glorias por parte de este intérprete.

Un término medio lo ocupan los dos jóvenes protagonistas, Jack Huston y Toby Kebbell, para quienes esta cinta bien podría ser un trampolín hacia la fama internacional. Pero el hábito no hace al monje, y la visibilidad pública que puedan obtener en nada tiene que ver con su talento interpretativo; al menos, tomando como referencia film presente. Y es que Huston, aunque en algunos momentos cae en la sobreactuación y un exceso de teatralidad, al menos regala momentos, reflexiones y miradas impregnadas de cierto interés, pero no puede decirse lo mismo del trabajo realizado por Kebbell. Su Mesala adolece de personalidad propia, fuerza y energía, siendo más un lacayo sumiso de Poncio Pilatos que el aguerrido e intemperante oficial romano con que el público está familiarizado desde 1959.

Se puede concluir afirmando que, en la inevitable comparación entre ambas versiones, la moderna Ben-Hur fracasa estrepitosamente en todos los aspectos realmente determinantes en su intento de mejorar el original. Con todo, y pese a ser un producto meramente comercial, totalmente innecesario y fácilmente olvidable, no deja de contar con un componente de entretenimiento que, sin grandes aspiraciones, sí puede proporcionar una tarde entretenimiento ligero, accesible y, sobre todo, conocido.

 

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