Espías desde el cielo.

Título original: Eye in the Sky.

Año: 2015.

Nacionalidad: Reino Unido.

Dirección: Gavin Hood.

Reparto principal: Helen Mirren, Alan Rickman, Aaron Paul, Barkhad Abdi, Iain Glen, Phoebe Fox, Carl Beukes, Richard McCabe.

Reseña y críticas

Tráiler en español

 

“Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra”

Teniente general Frank Benson

 

La guerra es el fracaso del ser humano, la derrota de la civilización, la ruina de todos los valores nobles que el hombre ha sido capaz de erigir. A lo largo de siglos de historia esa máxima, a primera vista vacua y digna de una frívola conversación de barra de bar, se ha revelado como una aseveración cierta, indiscutible y, sin duda, trágica. Incluso cuando se libra por motivos aparentemente justos, como el mantenimiento de la paz o la protección de colectivos desamparados, la matanza entre iguales implica de por sí la anulación de uno de los principios elementales de la existencia en sociedad: el respeto al prójimo. Y, una vez aceptada como algo frecuente y difícilmente prescindible, ya queda sólo preguntarse si en el marco de esa debacle, cada vez más presente en forma de actos terroristas y de las respuestas que suscitan, es posible discernir un bando “malo” y otro “bueno”. Ésa es una de las cuestiones principales en torno a la que orbita Espías desde el cielo, la más reciente película del cineasta sudafricano Gavin Hood.

La acción se sitúa en Kenia, en una fecha indeterminada, aunque de rabiosa actualidad. Fuerzas militares británicas, estadounidenses y keniatas se disponen a apresar a los integrantes de una célula terrorista islamista que prepara un atentado inminente contra objetivos civiles. Desde la seguridad de Londres la coronel Katherine Powell (Helen Mirren), en permanente contacto con el teniente general Frank Benson (Alan Rickman, en su último papel antes de su fallecimiento) y con altos cargos del Gobierno británico y de la OTAN, coordina la operación. Sus ojos en el cielo los proporciona un drone de la Fuerza Aérea estadounidense, pilotado desde Nevada por el teniente Steve Watts (Aaron Paul) y por la cabo Carrie Gershon (Phoebe Fox). Un revés inesperado obliga Powell a alterar la misión, que pasa a ser matar a los terroristas valiéndose del drone. Sin embargo, esa decisión choca con un imprevisto imposible de ignorar: la presencia de una niña en las inmediaciones del lugar del ataque.

Como creación cinematográfica, poco es lo que se puede añadir a las numerosas críticas, en su mayoría positivas, que se han vertido sobre esta cinta desde el momento de su estreno. Hood (quien en 2005 se hizo merecedor de un Oscar a la mejor película de habla no inglesa por la excelente Tsotsi) ha sido capaz de elaborar una creación que aúna el thriller político con el cine bélico, conformando un conjunto eficaz, tenso, capaz de hacer vibrar de indignación y rabia al espectador, aunque no siempre lo suficientemente emotivo. Las interpretaciones son, por regla general, de calidad, destacando por encima del resto del elenco la veterana Helen Mirren, impecable en su papel de férrea oficial británica decidida a neutralizar la amenaza terrorista a cualquier precio. Rickman, Paul y Fox encajan perfectamente en sus respectivos roles, y el somalí Barkhad Abdi, el gran descubrimiento de la multipremiada Capitán Phillips, demuestra una vez más su talento interpretativo al dar vida a un agente secreto keniata infiltrado en la célula terrorista. No obstante, la verdadera estrella de la cinta no es otra que Aisha Takow, la jovencísima actriz que da vida a la niña protagonista y que, con su inocencia y candor, consigue mantener al público clavado a la butaca, a la espera de saber si saldrá sana y salva de la trampa que se cierne en torno a ella.

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No obstante, el verdadero valor de Espías desde el cielo radica en su temática y, aún más allá, en los múltiples dilemas morales que despierta. Que los drones se han convertido en una herramienta bélica habitual y muy seductora para los países desarrollados, ya sea como elementos de observación o de ataque, es algo que no escapa al grueso de la población. Si se entiende la guerra como el esfuerzo por eliminar al mayor número posible de enemigos sufriendo las menores bajas propias posibles, estos sistemas a control remoto ofrecen un sinfín de ventajas, siendo las más notables su bajo coste en comparación con los vehículos militares tradicionales, su facilidad de manejo y la posibilidad de acabar con el rival estando a miles de kilómetros de distancia del campo de batalla, lejos del peligro de un contraataque.

En la cara opuesta de la moneda, el empleo de esta tecnología ha suscitado, y aún genera, un virulento debate acerca de la dimensión ética de matar a otras personas directamente desde la distancia, sin tener en la zona tropas que se topen cara a cara con el enemigo, que puedan evaluar la situación sobre el terreno y, sobre todo, que sea capaces de discernir el alcance de sus acciones sobre posibles inocentes cercanos. Si arrebatar una vida es siempre un drama, hacerlo sin tan siquiera observar el rostro o percibir el aliento de aquel que va a morir añade una nota más de deshumanización a las contiendas, una dinámica que Espías desde el cielo refleja con dolorosa precisión. La posibilidades de las víctimas potenciales, civiles o no, se reducen a un mero juego de estadísticas y porcentajes mientras se deciden cuestiones como si la posible pérdida de la niña compensaría el atentado que se va a frustrar, o en qué punto del mapa debe impactar el proyectil para, si los cálculos teóricos son correctos, causar los menores daños posibles a la pequeña. Todo ello administrado desde cómodos gabinetes políticos o seguros búnkeres militares, entre café, pastas y comentarios jocosos, a miles de kilómetros del escenario de la obra.

Por supuesto, tal cúmulo de decisiones tiene sus efectos sobre quienes han de tomarlas o se ven afectados por ellas. Ninguno es indiferente a la tragedia, pero todos ellos tienen sus formas particulares de encarar la situación y, por encima de todo, de procesar las consecuencias de la misma sobre sus conciencias. Desde los políticos abúlicos, poco dispuestos a tomar la decisión definitiva, hasta los pilotos del drone, verdaderos ejecutores de la acción, pasando por los mandos militares, encargados de sopesar si, en la balanza de la seguridad internacional, debe tener más peso la vida de una viña o las de las multitudes que podrían verse afectadas por el atentado que se está planificando. No hay una sola reacción igual, y todas ellas son interesantes para tomar la medida de cada uno de los actores implicado en el drama.

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Independientemente de cualquier otra consideración, la película es una apuesta valiente; una mirada crítica de una realidad que es la nuestra, que impera y condiciona no sólo en el campo de batalla y en las esferas de poder, sino también en el día a día de los ciudadanos de a pie, a través de la prensa y de las redes sociales. Ante la amenaza cierta del terrorismo y las posibilidades, siempre imperfectas, de combatirlo, Hood huye de enfoques simplistas, evita idealizar al aliado y demonizar al enemigo, y muestra el juego bélico y político en toda su fría y aséptica crueldad.

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