Gilda

Sinopsis y críticas

Adquirir en Amazon

Put the blame on Mame, boy

Nunca una canción que hablase sobre un terremoto sacudió el imaginario colectivo  como lo hizo,  en 1946,  aquella melodía entonada por una inolvidable Rita Hayworth. Ataviada con un vestido negro se erigía, ebria e insultantemente atractiva,  una de las femmes fatales  más icónicas del séptimo arte. ¿Su objetivo? Recordarle a su esposo, Johnny Farrel (Glenn Ford), que, aunque de amor no se muere, por bajas pasiones… cualquiera puede llegar a matar.

Después se quitó el guante y el mundo entero se detuvo. Aquel momento en el que Gilda, con el descaro del que hace gala a lo largo de toda la cinta, se despoja del archiconocido trozo de tela  fue censurado en multitud de países.  El primer striptease de Hollywood se materializó en las manos de una de las pelirrojas más arrebatadoras que nos ha dado la historia del cine. Los años, las tendencias y el devenir del siglo XX, y lo que llevamos de XXI, han hecho que el desnudo en pantalla sea algo a lo que estamos acostumbrados. Puede que hasta el punto de habernos insensibilizado frente a la erótica cinematográfica. Sin embargo, a día de hoy, aquel guante volando por los aires del casino argentino en el que se desarrollaba la película ha sobrevivido a los homenajes y a la parodia. Muchos personajes femeninos se han desnudado, ya fuera parcial o totalmente por exigencias, e incoherencias,  del guión… pero ninguno lo ha hecho como ella.

Del filme de Charles Vidor pueden destacarse multitud de aspectos; una fotografía cuidada, una ambientación más que correcta, una selección de vestuario exquisita, al más puro estilo del viejo Hollywood  (¿Qué mujer no desearía meterse en cualquiera de los diseños que luce Gilda?) y, por supuesto, un casting acertadísimo. Empezando por el sombrío Ballin Mudson, primer esposo de Gilda, encarnado por George MacReady, continuando por Glenn Ford que interpretó al gran amor de Gilda, Johnny Farrel y, por supuesto, Rita Hayworth en el que, probablemente, fuese el papel estrella de su carrera.

Si bien, si tuviéramos que quedarnos con una palabra que definiese las emociones que genera este clásico del cine, la elección sería sencilla: sensualidad.

La ficción nos ha regalado parejas de muchos tipos, edades, épocas y colores. Multitud de mensajes encauzados en la temática amorosa han sido transmitidos en la gran pantalla. Sin embargo, la sensual ferocidad de la historia de Johnny y Gilda traspasa la pantalla. Ni contigo, ni sin ti. Ni aunque te vayas, ni en caso de que permanezcas. Una lucha de titanes entre dos personajes que no tienen escrúpulos a la hora de aseverar que no son buenas personas, ambos antagónicos y, al mismo tiempo, los héroes de la historia. Sus diálogos son rápidos, audaces, irónicos e hirientes. La química entre ambos es tal que el blanco y negro pasan a un segundo plano con esta pareja protagonista teñida de grises y repleta de matices. Detalles que perfilan una pasión en la que subyace un trasfondo amargo y adictivo y que toma forma en dos personajes que son presa, causa y consecuencia de su pasado que, como el de todos nosotros, es irrefutablemente ineludible. Un argumento intachable  y  una química peligrosamente poderosa entre ambos protagonistas fueron la combinación ganadora.

Si hay algo que diferencie a Gilda de otros filmes del mismo género y época es, precisamente, ella; Gilda, la mujer cuyo nombre da título a la película. Ya lo dijo Mae West; “Las chicas buenas van al cielo, las malas van a todas partes”. Y Gilda era una mujer de mundo. Johnny lo sabía, Mundson lo sabía, Gilda era plenamente consciente y quiso hacernos a todos partícipes, cigarro en mano e ironía en los labios.

La narración de Farrel gira en torno a la obsesión que Gilda es capaz de despertar en él cuando el azar vuelve a situar  en escena a  la que es el amor de su vida y, a la vez, su mayor enemigo. Mismo contricante en un campo de batalla totalmente diferente, el relato del personaje de Glenn Ford se constituye en forma de debate entre la lealtad y la atracción; el deseo de alejarse de un ser adictivo que tiene la fuerza suficiente para arrastrarlo hacia su propia autodestrucción con sólo pestañear.

Porque en Gilda había mucho más que un rostro bello, una figura para el recuerdo y una cabellera plagada de ondas al agua que pasaron a formar parte del mito. Gilda era carisma, elegancia no premeditada materializada en sus gestos,  objeto de deseo que se sabe sujeto al margen de predicado ajeno.

Gilda era libre para ser dueña y señora de sus acciones… y prisionera de sus contradicciones. Ésa es la única baza de un Farrel que se sabe esclavo del poderoso influjo de Gilda. Hechizado, absorto, con la voluntad desmadejada. Atributos que conforman el pensamiento del protagonista masculino que, por otra parte, no deja de ser un recurso muy empleado, también en literatura, y que va asociado, de forma inherente, a la  figura de la femme fatale; una suerte de bruja capaz de subyugar a los hombres, de despojarlos de su autonomía para decidir. Damas de mirada lacerante y corazón frío. Mujeres que dejan tras de sí una estela de esperanzas rotas y melancolía anhelante, que ejecutan la condena de ser eterna sólo en el recuerdo. Tránsfuga por definición. Calculadora, misteriosa, bella, inteligente. E incómodamente libre.

Así es Gilda. Sin embargo, no sería la femme fatale por antonomasia si no hubiera una justificación de sus actos. La perversidad de su personaje se intuye como una suerte de consecuencia nefasta de falta de cariño, una adaptación de sí misma para poder sobrevivir en el medio. Una justificación darwinista por la que una mujer no sería naturalmente distante e interesada, sino que, necesariamente, esa construcción de sí misma tiene que cimentarse sobre profundas heridas que la falta del amor impide que cicatricen por sí solas. El amor verdadero, o la ausencia de éste, bien por fuga, distancia o defunción, es su Talón de Aquiles.

Es aquí donde se encuentran Farrel y Gilda, donde radica el verdadero romanticismo. Ambos constituyen la parte más primigenia de la naturaleza, agresiva y pasional, del otro y, al mismo tiempo, eso, que los mantiene con vida, amenaza con consumirlos cuando se reencuentran.

Gilda se quitó el guante y el mundo se detuvo. Farrel le devolvió el golpe, furioso y consumido por los celos, en forma de una bofetada que también pasó a la historia. Una historia contada en forma de las acciones que emprenden sus manos. Unas manos que acarician, que insinuan, que erotizan. Unas manos que hieren, que dañan, que duelen. Una metáfora que le va, como anillo al dedo, a la atracción fatal conformada por dos amantes cuya pasión es capaz de arrasar con la misma fuerza que aquél terremoto de 1906.

Cúlpale a Mame, chico, entona Gilda burlona y desafiante. Y a Johnny Farrel no le queda otra que resignarse, tratar de atacar y fruncir el ceño consciente de que, cuando caes en las manos de Gilda, escapar se traduce en intento. Con suerte, podrás alejarte de ella, dejarlo todo atrás y emborracharte para olvidar, repitiéndote a ti mismo que perdonar está entre las bondades de Buenos Aires y que San Francisco es sólo un mal recuerdo.

En tal caso, expiemos todos nuestros pecados.

Porque, amigo Farrel, tú mejor que nadie sabes que de la vida de Gilda se sale a expensas de saber que no puedes sacarla de ti.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Sitio web ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: